Voy corriendo por las calles, callejones estrechos se vuelven mi prisión, corro con mi bicicleta para que no me pillen. Ya llegan, están a punto de atraparme. El puerto está cerca y me tiro al mar para encontrar una salida, me siguen igualmente. Les pierdo entre los barcos, nadando sin parar. Pero sus vocecillas están en mi cabeza repitiendo:
– Nadie escapa para siempre, ella acabará encontrándote.
Ya no están, salgo del agua y pido ayuda por las calles pero nadie abre su puerta para mí. Sigo intentándolo.
Vuelve a caer la noche y sus vocecillas resuenan por todas partes, la gente les teme.
He podido subirme a un edificio y agazaparme para que no me vean, estoy a salvo. Mi respiración se entrecorta, hace frío. Quiero intentar descansar pero sé que están en mis sueños, que allí pueden atraparme más fácilmente.
No tardarán mucho tiempo en encontrarme, corro. Vuelvo otra vez a las calles, corro. Peto en las puertas en busca de ayuda, nadie abre su puerta para mí.
Ellos no cesan, son cazadores implacables y no van a parar. Sigo corriendo y gritando.
– Que alguien me ayude.
Pero nadie lo hace, abre su puerta para mí. No cesaré de correr, no quiero que me lleven con ella. Vuelvo a gritar.
-No les pido que me abran su puerta, tan solo ayúdenme.
De pronto, una puerta se abre y alguien deja un arma en el marco.
-Lucha, no huyas.
La recojo y doy las gracias pero no me había percatado de que ella me esperaba al final de la calle, con sus lacayos a su alrededor. Ahora a no hay escapatoria posible, ahora es luchar o rendirse.
