Se habían quedado solos, tal y como querían pero a pesar de la electricidad que los empujaba el uno hacia el otro, ninguno se decidía a empezar.
Ella enredaba sus dedos en el pelo de la nuca de él para no dejar que se escapase, lo deseaba, deseaba estar con él. Sus manos se trasladaron a los brazos de él, agarrándolos con fuerza, con lujuria.
Se separaron y él la condujo hacia el sofá, la tumbó allí dejándola bajo su control, bajo su cuerpo. Comenzó a besarla de nuevo, orejas, cuello, despacio pero concienzudamente, sabiendo lo que provocaría con ello.
La camiseta de ella desapareció por la estancia, dejando su torso desnudo a merced de él. Sus pantalones y ropa interior no tardaron en desaparecer de su cuerpo.
Las miradas iban y venían, comenzando una danza sin música. Sus manos empezaron a acariciar la piel de ella, mientras comenzaba una lenta tortura de besos, con dirección a sus pechos, prosiguiendo hacia su vientre y más abajo.
Ella se incorporó, y lo abrazó, se deshizo de su camiseta y también comenzó a torturarle, besándole como él había hecho y acariciándole. Le despojó de sus pantalones y con ellos sus calzoncillos. Le miró, él la observaba, no hicieron falta palabras, ella prosiguió su tortura, haciéndole disfrutar con ella. Una lenta y placentera tortura le proporcionaba su boca mientras solo sentía como él iba a concluir. No le dejó.
Él se sentó en el sofá y comenzaron a besarse de nuevo, con más ganas si cabe pero de nuevo. Ella le poseía sin dejarle moverse y él la levantó en alto, haciéndole el amor en el aire.
Los gemidos ya no eran callados, las respiraciones eran agitadas y sus movimientos cada vez más placenteros.
La dejó en el suelo y le pidió que se pusiera de espaldas, la cogió por la cintura y volvió a hacerle el amor, pegados, espalda contra pecho. Las manos traviesas de él la hicieron terminar con habidos movimientos de sus dedos.
Estaban exhaustos, plenos el uno del otro y sucios de lujuria. El agua caliente de la ducha limpió sus impurezas, dejándolos libres.
